Transcurría el año 1875 en Ville Hasparren, un pequeño pueblo recostado en los Pirineos, ubicado al sur de Francia. Sus angostas calles de piedra, decoradas por el musgo producido por la humedad del ambiente, eran el escenario de una intensa vida comercial durante el día y de una inquietante calma durante la noche. La Iglesia, ícono del pueblo, se erigía majestuosa en la calle principal. Por aquellos años, los habitantes acudían libremente a rendir fe a su Dios, indiferentes a los días en los que el templo servía de refugio para aquellos creyentes que eran sistemáticamente perseguidos en épocas de las Cruzadas. A sus pies, la villa presenciaba en cada amanecer la resurrección del mercado, un inmenso lugar donde se intercambiaban pieles, cereales, granos, a cambio de unos centavos, suficientes para convertir el lugar en el motor de la economía del pueblo. En sus límites se alzaban los GUERDIANES, enormes fortificaciones que custodiaban la frontera entre el País Vasco y Francia. Los Castillos, grandes construcciones limitadas por largas murallas y torres centinelas en todos sus vértices, habían sido construidos en la Edad Media y fueron, durante mucho tiempo, objeto de interminables disputas y testigos de las más sangrientas batallas. En ellos habitaban autoridades, servidumbre, ejército, corte de notables, científicos y asesores. El más antiguo de ellos - sin dudas el que tenía la mejor vista de todos - estaba orientado hacia el Oeste. Quizás esta condición motivó el origen de una leyenda que rezaba que desde su torre se podía ver el nuevo mundo y todo aquel que lo viera tendría paz y fortuna para el resto de sus días. Fue así, entonces, que luego de la devastadora guerra por la independencia, la pobreza generalizada, el hambre reinante y las pestes que se habían propagado entre los habitantes del pueblo, todos subían a la Torre del Castillo Viejo con el afán de ver el nuevo mundo. Esta leyenda cautivó particularmente a Santos, el hijo menor de una emprendedora familia vascofrancesa de la localidad, dedicada a la vida comercial y con escaso tiempo para fábulas que alejaran sus mentes de la actividad productiva. Sin embargo, este niño apasionado por las historias de caballeros sintió especial interés por la leyenda encerrada en aquel Castillo Viejo, y se las ingeniaba para subir todas las semanas a la Torre, para alcanzar a ver más allá de lo posible. Ya adolescente, el joven Santos mantenía intacta esa inquietud y comenzó a pensar en hacer realidad la mítica leyenda del Castillo Viejo de Hasparren. El Nuevo Mundo estaba al otro lado del Océano Atlántico, aún por conquistarse, esperando. Poco tiempo le llevó tomar la decisión de venir a este Nuevo Mundo y concretar aquella “fábula” que hoy es para nosotros una orgullosa realidad y que constituye la base de nuestra tradición. familiar.
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